Duelo y Sexualidad

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Cada vez que sufrimos una pérdida (muertes, separaciones o divorcios, enfermedades, quebrantos económicos…) hemos de renegociar con la vida para adaptarnos a la nueva situación, reedificando una estructura distinta sobre la que sostenernos.


Hemos de poner en marcha los recursos naturales, esos con los que hemos contado durante toda nuestra vida, los que nos han hecho y nos hacen crecer y salir adelante. Parece como si, ante una experiencia difícil, esos recursos nos hubieran abandonado, pero solo necesitamos mirar para advertir que todavía están ahí, esperando a que los reactivemos y nos pongamos a funcionar con todo aquello que hemos postergado durante el proceso de duelo.

Existe evidencia testimonial de que la sexualidad es una de las áreas que se dejan “de lado” durante la elaboración de un duelo, ya sea por la muerte de la pareja o de un hijo o una hija. Se sabe que, al relacionar la sexualidad con el placer y con el goce vital, esta parcela es la que más se tarda en recuperar. El motivo no es otro que el sentimiento de culpa que nos aflora y que discurre en paralelo al pensamiento de: “si él o ella se ha ido, ¿cómo voy a gozar? O ¿cómo puedo pensar en tener relaciones sexuales si mi hijo/a ya no está? Este es, por lo común, un pensamiento íntimo y no compartido, no verbalizado.

Por el contrario, en la mayoría de los casos, cuando se pierde al compañero o a la compañera por un divorcio o por una separación, se suele aumentar la práctica de la sexualidad, ya sea como una forma de “olvidar” o como un modo de retrasar el enfrentamiento con el dolor que la pérdida ha generado. En ocasiones, estas conductas están revestidas de un deseo de “venganza” hacia aquel que ha decidido romper el vínculo de la pareja, o bien se presentan como una respuesta a la necesidad de demostrarse que todavía se es capaz de suscitar atracción en otras personas. Pocas veces son relaciones satisfactorias, más bien se trata de una práctica que suele darse en una primera etapa del proceso, hasta que adquirimos fuerza suficiente para afrontar la tristeza.

La recuperación de la sexualidad se trata normalmente como algo separado de la pérdida. Eso ocurre porque se acude a terapia cuando empezamos a tener dificultades en las nuevas relaciones o, en el caso de las parejas, cuando los conflictos generados por la ausencia de relaciones íntimas empiezan a ser muy evidentes y abarcan también otras áreas de convivencia.

En el proceso mismo del duelo pocas veces se le concede espacio a esta dimensión. Sin embargo, con respecto a la sexualidad, lo que ocurre es que se produce otro duelo, pero referido a ella misma, es decir, se sabe o se intuye que ya no se va a tener la sexualidad que se tenía antes. Tanto si hemos perdido nuestra pareja, por muerte o divorcio, o si hemos perdido un hijo o una hija, nuestros vínculos cambian y deben reestructurarse. Este duelo discurre paralelo al de la pérdida en sí o bien se inicia cuando la persona ya está empezando a aceptar la nueva situación, aunque aún no la ha asumido por completo.

En ocasiones, se inician relaciones sexuales, y se hace casi de forma inmediata después de la pérdida, como medio para escapar de un dolor que todavía está muy presente. En estos casos, lo habitual es que no haya una entrega a la otra persona y que con ello aparezcan sentimientos de culpa o de arrepentimiento. Incluso puede coincidir con la ingesta de alcohol o de otras drogas que sirvan de anestésicos, de paliativos, formas de mitigar lo que estamos sintiendo. Otras veces, se considera que ya ha pasado algún tiempo y se empiezan relaciones cuando el duelo todavía no se ha completado. Tal conducta puede generar a una gran frustración, ya que nada de lo que puedan aportar otras personas va a servir, porque aún no se está en disposición de recibir ni de entregarse y se pasa de una relación a otra pensando que ninguna es adecuada. Conviene señalar, pues, que estos dos extremos suelen ser más habituales cuando sufrimos la pérdida de la pareja por separación o divorcio.

No es que no se puedan tener otras relaciones cuando el duelo aún no está acabado. Ahora bien, si ninguna persona nos parece lo suficientemente “buena” para mantener una relación placentera, si no nos satisface, eso puede obedecer a que aún no estamos en condiciones de asumirlo.

En el caso de las parejas que han perdido algún hijo, si el duelo no está concluido -teniendo en cuenta que el duelo por un hijo no concluye, sino que se integra la pérdida en la manera de estar en el mundo-, así pues, si el duelo no está integrado cualquier cosa que nos proponga nuestra pareja nos puede provocar insatisfacción, una sensación que puede conducirnos a su vez a la separación emocional, puesto que la otra persona siente que ya no es necesaria.

Todos conocemos las fases del duelo. En un primer momento, hay una negación de lo que nos sucede, que pasa luego a un estado de rabia o ira cuando se puede empezar a encajar la realidad. Aparecen después los sentimientos de culpa, como consecuencia de la pregunta inevitable de si podríamos haber hecho algo diferente para evitar lo acaecido, sea lo que sea, hasta que se comprende que estaba fuera de nuestro alcance. Con posterioridad, se entra en la negociación, entendida como un ofrecimiento a cambio de que todo vuelva a ser como era, una promesa que se hace a la vida, a Dios, a uno mismo… dependiendo de las creencias de cada individuo. Los sentimientos de tristeza y la sintomatología depresiva se hacen presentes cuando el duelo está más cercano a la aceptación, que sería la última fase. Estos pasos, brevemente descritos, no se dan de manera lineal. En realidad, vamos pasando de unos a otros sin orden, volviendo una y otra vez al anterior y al posterior, sin que esto signifique que la persona esté retrocediendo en su proceso. Aunque resulte paradójico, estamos avanzando. veces, basta un solo día para que se experimenten todas las fases.

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