Ante la Depresión

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No soy lo suficiente fuerte para mostrarme vulnerable, y por eso frente al mundo, escondo lo que siento……. He aprendido, sin embargo, que si una no práctica el desapego, que si no aprende a dejar marchar, acaba siendo una esclava, esclava de sus limitaciones y de su propia dependencia. Una persona que aprende a vivir con lo que tiene, pero no tiene temor de perderlo, se puede considerar verdaderamente libre. Lucia Etxebarria. Diciembre 2013.


Una Mirada desde el Modelo Clínico Integrado

Muchos de nuestros problemas los creamos en un intento vano y desesperado de soluciones fallidas y erróneas. En múltiples ocasiones nos da miedo enfrentar emociones tales como pérdidas o posibles pérdidas, muchas veces inevitables, así que no afrontamos esos sentimientos y emociones que nos generan frustración, rabia y/o tristeza.  

Vamos cargando con ellas, día tras día, año tras año, sin darnos cuenta apenas que en nuestro organismo, en nuestra piel, nuestros huesos y como no nuestra alma, van quedando las huellas de ese sufrimiento a veces silencioso, otras chirriante y devastador que va mermando nuestras fuerzas y alegrías.

La relación terapéutica empieza desde el  mismo instante en que una persona llama para concertar una cita. Desde ese preciso momento se inicia la interacción entre paciente y terapeuta. La derivación también es parte implicada en el movimiento interno que se genera en el profesional desde el momento que atiende la petición.

La palabra depresión para la mayoría de la sociedad actual tiene una connotación, de enfermedad, si alguien “cae en una depresión”, es considerada como una persona débil, enferma… y pocas veces nos preguntamos algo tan sencillo como ¿Qué es lo que nos hace estar tristes?, ¿Qué es lo que perdimos? O quizá ¿Qué es lo que no aceptamos en nuestra vida?, ¿Qué es lo que quisiéramos tener y no tenemos?, ¿Qué tenemos y no quisiéramos tener?
Cuando catalogamos la depresión como una enfermedad, nos restamos infinitas posibilidades, no solo para sanar nuestro cuerpo sino también nuestra alma. (No en vano se le ha venido llamando, incluso por la propia medicina,  “la enfermedad del alma”. Con esto no quiero decir que, en ocasiones no sea necesario recurrir a la medicación. Todo lo contrario, ahora bien utilizar la medicación como solución única, es a mi entender un grave error que sume a la persona la mayoría de las veces en sentimientos de profunda resignación e impotencia que en la mayoría de los casos van a agudizar el problema.

Podríamos abordarla ante todo como una oportunidad para conocernos mejor y entrar en armonía y sintonía con nuestro entorno.

Cuando la persona llega a consulta, hay que valorar cual es la causa de dicho estado de desánimo y melancolía, ¿es algo que está ocurriendo en la actualidad o algo que quedo anclado en el pasado, afectando todavía a la situación actual?
Una persona puede sumirse en un estado de tristeza porque ya no hay amor en la pareja, o porque ella o él fue infiel y aún queda resentimientos o porque se separaría pero el miedo y angustia a la soledad a la perdida pueden más que el rechazo y desamor.

La tristeza y desafección que muestra un compañero ante el otro puede ser parte del “juego” que mantiene a la pareja unida. También una forma de comunicación, en ocasiones perversa, opaca que mantiene el síntoma, (el síntoma tiene una función clara para el sistema*). Cuando la relación se deteriora o el amor se acaba, los miembros de la pareja experimentan un gran divorcio emocional, que la mayoría de las veces cursa con sentimientos de frustración y aburrimiento extremo. Es la soledad en compañía lo que hace insostenible una situación a la que no se le encuentra salida. “ni contigo ni sin ti “.

En estas parejas muchas veces tenemos que buscar muertes o perdidas no resueltos en la familia de origen de los participantes, es el miedo y la negación absoluta a dejar partir, pero paradójicamente es esta misma negación y miedo a “soltar“ al otro lo  que termina provocando dicha perdida.

En ocasiones la depresión o estado de tristeza está sustentada por continuos enfrentamientos, disputas, infidelidades explicitas y en ocasiones, no explicitas. El que toma el rol de víctima espera que el otro cambie, que llegue el día en que deje de salir, de ser violento, deje de mirar a otros hombres u otras mujeres etc. La depresión, en ocasiones es la forma que uno de los miembros de la familia o pareja tiene de expresar aquello que no puede hacer explícito.   En estos casos, cuando se desenmascara el “juego relacional” y la persona o pareja entiende dicho estado de tristeza como una parte más de la comunicación con el otro.  Habrá que definir el objetivo a seguir.  En la mayoría de los casos estos vínculos, como en anteriores ocasiones dijimos, tienen que ver con patrones antiguos no resueltos. Son esquemas relacionales que ya estuvieron presentes en la vida y la infancia de ambos cónyuges. Quizá en la relación de los padres de uno de ellos o de ambos, o en los abuelos.

Si echáramos un vistazo, a la forma que algunas personas tienen de expresión, podemos ver como tienen verdaderas dificultades en comunicarse abierta y directamente, es decir de forma asertiva, con firmeza y sin violencia.  Aprendieron que decir lo que uno quiere y siente puede ser peligroso, quizá se generó enfado, rechazo o abandono ante determinadas expresiones de dolor, desacuerdo etc…  o bien la forma que tenía la abuela y la madre de expresar el desacuerdo ante la conducta de un cónyuge violento e irascible, fue con la tristeza, el silencio y la enfermedad. Una mujer que llevaba una relación insatisfactoria con su pareja durante 30 años, diagnosticada con depresión endógena durante otros tantos, me decía: “mi madre cuando se enfadaba con mi padre, se metía en la cama durante 4 o 5 días, y no salía de su habitación, enfermaba, no comía. Con 7 u 8 años, yo temía aquellos episodios, para mi tremendos, en los que una sensación de angustia y tristeza me invadía entonces mi estómago se encogía, ahí empezaron los problemas de alimentación que más tarde reproducía a la menor señal real o no, de peligro u abandono”. Esta misma respuesta dada como un intento de solución, es a la vez la que genera el problema y perpetúa el sufrimiento y la enfermedad.
Cuando ocurre esta toma de conciencia la persona toma la responsabilidad sobre su propia vida, y empieza a verse a sí misma no como alguien enferma/o e impotente sino, como alguien en el que su estado de tristeza, enfermedad, mutismo etc…  es una respuesta aprendida, una de las tantas posibilidades ante una determinada situación de vida. Hay una máxima que reza, “Si no consigues lo que quieres, haz algo diferente”.

Ahora vislumbra frente a ella, otras posibilidades de actuación, de “salida”, no desde el sufrimiento o enfermedad, sino desde el poder que le proporciona su autoconocimiento y liberación.

En otras ocasiones la persona no pudo superar una muerte que acaeció años atrás, la pérdida de un hijo, es quizá uno de los mayores sufrimientos que puede experimentar el ser humano, el desconsuelo e impotencia de una madre y la culpa que siente ante un accidente o enfermedad que devino en dicha perdida, en ocasiones le hace quedar atrapada en el momento en que ocurrió dicho evento. En esa suerte de desgana y apatía por la vida. La dinámica que subyace en estos casos es la de “Sin ti, la vida ya no tiene sentido para mí”. “te sigo a la muerte aunque continúe viva/o”.

Aquí la pérdida o elaboración del duelo, es claro,  no depende de juegos perversos ni ocultos, así que ayudamos y acompañamos a la persona a que digiera y metabolice todos aquellos sentimientos y situaciones de vida que quedaron atrapados.
                
Otra causa de depresión o estado de desconsuelo que perdura en el tiempo, es la muerte temprana de uno de los padres, ante esta pérdida temprana queda en el hijo/a una herida muy profunda, un miedo al abandono, o quizá a la enfermedad y la muerte. Lo que en ocasiones enmascara y está detrás de la fobia, o miedo a la muerte y la enfermedad, es la profunda tristeza y desamparo que quedaron “congeladas”, atrapadas en esa edad temprana.  El niño pequeño, la mayoría de las veces no puede hablar y expresar los sentimientos de profundo dolor y tristeza, no ha podido despedirse del padre/madre queridos, amados.

En ocasiones tras la muerte de uno de los padres, el otro queda sumido en una profunda melancolía  que al perdurar en el transcurso de los meses,  años, el hijo/a, pequeño, no solo sufre  la muerte y el abandono de uno de los padres, sino la de los dos, pues el que queda vivo se “ha ido” detrás del otro, con lo que en niño tiene que arreglárselas, solo ante los devaneos y dificultades de la vida y como no de sus propios sentimientos.  Esto hará que no pueda transitar, como un niño durante esa época temprana: “tengo que ser fuerte” “ayudar a mama o papa” privándose así de una etapa indispensable para su completa y adecuada maduración y desarrollo.

Cuando un niño en la familia murió temprano puede dejar una huella muy profunda en el “siguiente” niño que nazca en el seno de dicha familia: Si un hermano murió temprano el siguiente que nazca puede venir para sustituir al que se fue, (el yacente), ( S, Sellan), en ocasiones incluso se le pondrá el mismo nombre que el muerto, esto deja una impronta muy profunda en el niño que ha nacido, quizá sienta que no tiene derecho a la vida, o se sienta culpable por haber nacido a costa del otro, o quizá a lo largo de su vida y ante determinadas situaciones se sienta como “el sustituto”, o “que no encuentra su lugar”. Todos estos sentimientos impregnados de una profunda tristeza e insatisfacción por la vida y sin que la persona sea consciente de la dinámica que subyace a estos estados de angustia e insatisfacción. 

No solo uno puede ser yacente de un hermano, anterior que murió, también puede representar para uno de los padres a un tío, abuelo… de generaciones anteriores.

En otros casos un duelo no elaborado al paso de los años de un padre, cónyuge, amante, etc. Puede tener que ver con relaciones y/o hechos no resueltos en vida del muerto, si muere en situaciones muy conflictivas y/o dramáticas, o con secretos que generaron sufrimiento a la familia, es difícil, soltar y dejarlo partir. Si un padre muere en un momento de la adolescencia de una hija en una familia que se cometió incesto, la mayoría de las veces, la familia queda anclada en ese momento, con continuas peleas entre madre e hija, evocando, la memoria del padre como única causa del conflicto que perdura en la familia y en el tiempo. En ocasiones la agresividad y peleas en el seno de la familia pueden enmascarar una profunda tristeza y desesperación.

Todos estos hechos van a condicionar la vida de la persona que experimentara a lo largo de su ciclo vital estados de apatía y tristeza o síntomas diversos.
Vamos a detectar, mediante los “mapas” empleados en el MCI, cual es el conflicto que subyace a dicho “diagnóstico de depresión”. Es como una “radiografía “del problema que detecta rápida y completamente, juegos relacionales, vínculos, síntomas, a la vez que relacionamos dichos síntomas con el sistema familiar.
Al tiempo que elaboramos dichos “mapas”, desactivamos emociones atrapadas de dolor, tristeza y desafección por la vida, el cuerpo va recuperando el equilibrio y la calma dejando atrás los síntomas y relaciones perversas como vía de comunicación y soluciones fallidas.

En otras ocasiones, simplemente, es suficiente ayudar a la persona a elaborar esas pérdidas o duelos con el fin de que desbloque, se libere, y vuelva a recuperar el gusto por las pequeñas cosas de la vida, y como no por las relaciones de su entorno.

Detrás de un diagnóstico de depresión busca…, la mayoría de las veces vas a encontrar un trastorno de relación con el medio. “El síntoma es el símbolo de la relación”.

Maria José Simón.
Psicóloga Clínica.
Terapeuta de familia.
Creadora del Modelo Clínico Integrado.

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